Un movimiento continuo, una agitación incesante, extendíase por todo el salón. Oleadas de gente en corrientes diversas iban y venían de un extremo a otro. Voces, gritos, canciones, chistes y carcajadas. Formábanse corrillos, rinconcitos de intimidad en los que se hablaba en voz baja, cuchicheando, produciendo un ruido semejante al de los gorriones al nacer el día. Arriba, en los palcos, las máscaras se abanicaban lánguidamente contemplando con indiferencia las apreturas de la muchedumbre. Casi todas charlaban y reían. Las menos, con los codos apoyados sobre el terciopelo de las balaustradas, seguían con interés las oscilaciones del salón, mostrando la satinada blancura de su garganta y el brillo de sus ojos más negros todavía que los negros antifaces. Cruzaban de un extremo a otro como raudas saetas frases y serpentinas, y en brillante lluvia caían de los palcos policromos confetti y escalas argentinas de carcajadas.
La agitación y el movimiento crecían cada vez más. Las puertas seguían vomitando oleadas de gente. Las copas en los palcos corrían de mano en mano, tan pronto vacías como coronadas de blanca espuma; chocaban con cristalino tintineo contra el gollete de las botellas, y sonaban cual salvas de alegría los secos taponazos del champagne.
Hacía calor. Las caras comenzaban a enrojecer. Brillaban los ojos detrás de las caretas. La sala entera parecía vacilar excitada por el vértigo del baile, por la locura de la alegría, por la embriaguez del vino y la borrachera del placer. El director de orquesta levantó la batuta: en el aire se esparcieron, vibrando, las locas, las alegres notas de un vals de Chueca.
Manolo Ruiz entró en este momento en el salón. Vio el desfile de cintas, flores, plumas, sedas, adornos y gasas, el armonioso conjunto de mujeres hermosas, hombros desnudos, gargantas incitantes, pupilas que el deseo abrillantaba, labios sangrientos, húmedos y rojos que dejaban ver los dientes chiquitos y blancos. Oyó carcajadas de fiesta, frases de alegría, sintió vibrar en sus oídos las notas del vals, y volviéndose a Luis Gener, que le seguía pausadamente, ladeado el sombrero, alta la cabeza y los pulgares de las manos en las comisuras del chaleco, le dijo entusiasmado, con encantadora ingenuidad:
—¡Muchacho, lo que nos vamos a divertir!
Y como viera que Luis por toda contestación se encogía de hombros, echó a andar de nuevo hacia el centro del salón sin preocuparse ya de él, alegre, satisfecho, repartiendo empujones y codazos, frases y sonrisas, pisotones y requiebros.
—¡Eh, Perico! —exclamó dirigiéndose a un joven que cerca de él bailaba con una muchacha vestida de locura—. ¿Me cedes la pareja? ¡Qué demonio! Alguna vez han de prestar los guapos.
Y antes de que el otro pudiera contestar, le quitó la máscara y se marchó con ella.
Perico se acercó a saludar a Luis.
—¿Tú por aquí?