Luis quedó anonadado. Esperaba el desenlace, pero no tan pronto; confiaba en que algún remedio heroico, algún recurso de última hora, podrían prolongar la lucha, aunque la lucha fuera la agonía. Y he aquí que la ciencia se cruzaba de brazos y le contestaba con brutal sinceridad:
—Nada, no es posible hacer nada, se muere.
¡Se muere! Y ante el poder sugestivo de esta idea que retumbaba en su cerebro con vibración inacabable, todas las demás ideas callaron aturdidas; doloroso abatimiento se apoderó de su espíritu y los músculos le flaquearon hasta el punto de tener que apoyarse en la pared para no caerse. En esta actitud le sorprendió María.
—¿Qué te ha dicho Núñez?
—Tú lo oíste: que se muere.
—Sí, se muere; lo sé desde ayer. Cuando ayer Núñez dudaba todavía, yo estaba ya segura. Sí, se muere. ¡Pobre Tomás! Él es el único que no lo sabe; confía como un niño en fuerzas que no tiene y lucha como ha luchado siempre: heroico y tenaz. ¡Pobre Tomás!
Plegó las manos con religiosa compasión y quedó largo rato pensativa. Luego, balbuciendo, como si le costara gran esfuerzo, dijo:
—Yo quisiera que se confesara, ¿sabes?; pero no me atrevo a indicárselo. A ti te hace más caso. ¿Por qué no se lo indicas tú?
—Eso me aconsejó Núñez; pero yo, la verdad, no me atrevo. Como tú misma has dicho, él no cree que se muere. La presencia de un cura sería la destrucción de esa esperanza, sería la notificación de su sentencia, sería..., sería terrible. No me atrevo, María, no me atrevo; yo no le quito a mi tío una hora de vida.
—Pero, ¿y su alma, Luis, y su alma? ¿Y la tranquilidad de nuestras conciencias?