—La mía lo está; yo estoy seguro de cumplir con mi deber de hombre honrado, no turbando en el instante supremo de la muerte la paz de su alma, no destruyendo su ignorancia, que es en este caso su felicidad. No quiero entrar a analizar si hago mal o hago bien obrando de esta manera: creo que hago bien y así obro.
—Pues yo te aseguro que haces mal, muy mal, Luis. Tú crees que nuestra misión ha terminado, y nuestra misión empieza ahora. Hemos hecho cuanto ha sido posible por salvar su cuerpo; hagamos lo mismo por salvar su alma.
Y como Luis callase, ella prosiguió con mística exaltación:
—El alma no es nuestra, Luis; es un depósito que Dios nos entrega al enviarnos a este mundo y del cual tenemos que darle estrecha cuenta el día que en su presencia nos hallemos. Dios quiere que ese día nos encontremos limpios y sin mancha. Por eso, en su misericordia infinita, concede hasta a los más malos un instante de arrepentimiento: que un solo instante de contrición, si es sincera, basta y sobra para borrar todos los errores y purificar todos los pecados. Luis, Luis, piensa bien lo que vas a hacer, medita la grave responsabilidad moral que puedes adquirir, quitándole a tu tío, por una compasión mal entendida, la verdadera tranquilidad de su espíritu, tal vez la salvación eterna.
—Quizá tengas razón, no lo discuto. En estas cosas no discuto nunca. Malas o buenas, tengo mis ideas; tú tienes las tuyas; yo las respeto. ¿Crees que debe confesar? Pues aconséjaselo.
—¿Yo? Bien sabes que esto no es posible. Bastaría que yo se lo dijera para que hiciese lo contrario. No es por mí por quien temo, es por él.
—Pues yo, la verdad, no me atrevo, no me atrevo, María.
Ella se aproximó más aún; le estrechó suavemente las manos, y envolviéndole en la dulce mirada de sus ojos azules, le dijo en voz baja:
—¿Y si yo te lo pidiera?
—Sentiría decirte lo mismo.