—Pues bien, a pesar de eso, te lo suplico.

—¡María!

—Te lo ruego, te lo suplico, ¿ves?, así, de rodillas.

—Levanta.

—No; mientras no accedas a mis súplicas, no. Es un favor que yo te pido. Hazlo por mí.

—Bien, pero levanta.

—¿Lo harás?

—Sí.

—Gracias, Luis, muchas gracias. Dios te lo pagará.

Y huyó como una sombra.