Luis vaciló todavía un instante. Después, paso a paso, con el abatimiento del hombre que tiene que comunicar una sentencia, penetró en la alcoba y se sentó a la cabecera de la cama. Pero por más que estrujaba el cerebro, no daba con la fórmula de la proposición. ¡Demonio, demonio, sí eran difíciles estas cosas!

—¿Qué, cómo te encuentras? —preguntó por empezar de algún modo.

—Bien, bien, mucho mejor; lo que es esta vez, la muerte se fastidia; me escapo.

¡Vaya usted a decirle a un hombre que opina de este modo que es preciso confesarse!

—Sí, sí, mucho mejor —continuó animadamente—; no me duele nada; respiro muy bien. Mañana le pediré permiso a Núñez para sentarme un rato en el sillón. No quiero estar en la cama. Me debilita mucho.

Pidió a su sobrino que le ayudase a volverse del otro lado y se durmió. Luis se inclinó sobre la almohada y contempló con ansiosa curiosidad el rostro del enfermo. ¿Se habría equivocado Núñez? ¿Persistiría el alivio o, por el contrario, sería este alivio la mejoría de la muerte?

La ilusión duró poco. Violento acceso de tos despertó bruscamente al enfermo. Sus manos golpearon la sábana y su frente se contrajo con dolorosa crispación...

—Me ahogo..., me ahogo..., esta tos me mata.

Una cucharada de jarabe pareció calmarle un poco; pero los movimientos de su pecho siguieron continuos, jadeantes, extendiéndose hasta los hombros descarnados, que se elevaban y se hundían con continuo vaivén regulador y acompasado. Ronco gemido silbaba en su garganta. Pidió trabajosamente el balón de oxígeno que, a prevención, había recetado Núñez, y aspiró con avidez algunas bocanadas. Esto y otra cucharada de jarabe, le tranquilizaron por completo.

—¿Estás mejor?