A los pocos días llegó muy contento, manifestando que Rose, siguiendo sus consejos, se había por fin decidido a retratarse con el busto desnudo medio velado por una gran mantilla negra. Es un retrato que tiene la ventaja de que no pasa nunca de moda y además deja al descubierto la garganta, los hombros y el nacimiento del pecho, precisamente lo más bonito que la cocotte tenía; una carne tierna y sonrosada, que resaltaría muy bien entre la seda del encaje.
Aquel día estuvo también a verle Manolo Ruiz.
—Perdona, chico, si no he venido antes. Todos los días tenía el propósito de hacerlo; pero, ya sabes, esta vida tan perra que lleva uno... No tengo un momento libre; estoy trabajando muchísimo.
Y como Luis quedase admirado por estas repentinas energías, se echó a reír y prosiguió:
—Necesito dinero, mucho dinero. Figúrate tú que a Petrita, ya la conoces, le ha dado por colarse conmigo de tal manera, que desde el día que me conoció no ha vuelto a hablar con nadie. Y como la muchacha no tiene más renta que su persona, y esta no la vende y yo no voy a consentir que se muera de hambre, no tengo más remedio que sostenerla.
—¡Manolo, Manolo, que vas a hacer el primo!
Manolo se indignó.
—¡Pero qué estúpidos sois todos! No veis más allá de vuestras narices. ¿Conoces tú acaso a Petrita? Pues si no la conoces, ¿por qué te atreves a juzgarla? Pues sábete que Petrita no es como las demás mujeres, no, señor, no hay que medirla por el mismo rasero. Esta es una infeliz, una ingenua, sin malicia de ninguna clase, una desgraciada. Y la prueba está en que por mí, que no puedo darle nada fijo, ni nada seguro, lo ha dejado todo, todo, entre otras cosas un viejo que le pasaba todos los domingos veinticinco duros. Y esto no lo sé por ella, sino por Amalia; ya ves tú...
—Bueno, hombre, perdona.
—¡Pero si es que todos sois iguales! En cuanto veis que un hombre se gasta diez pesetas con una mujer, ya estáis cacareando que hace el primo. Pues bien; yo soy el primero que me duele gastar dinero; pero hay veces en cambio, como esta, que lo que siento es no tener más para dárselo.