—Yo creo que esa mujer es incapaz de querer a nadie.

—Entonces, ¿cómo sus relaciones duraron tanto tiempo?

—¡Qué sé yo! Rarezas inexplicables de estas mujeres. Como son elementos puramente pasivos, sin afecciones propias, cuando tropiezan con un alma grande, una de esas almas vehementes, meridionales, apasionadas como la de Bedmar, se sugestionan y se deslumbran; mientras dura el entusiasmo de aquella alma, mientras su vibración se mantiene intensa, ellas vibran también por afinidad y por simpatía, y parece que aman; pero en cuanto el entusiasmo del alma grande decae, en cuanto su vibración se apaga un momento, se desprende, y se hunden, y no hay quien las levante. No sé si me explico bien.

—Sí, sí, perfectamente; es una cosa así como la tierra que produce pájaros y flores, porque el sol la calienta, pero que si este calor le faltase...

—Se enfriaría para siempre y se convertiría en astro muerto; eso es; veo que me ha comprendido usted. Sí, señor; las relaciones de Elena han durado más tiempo con Antonio que con todos los demás, porque el entusiasmo de él era verdadero. A pesar de ello, ya ve usted lo que pasó. Y Antonio era entonces sol meridional que vivifica cuanto alumbra. Calcule usted lo que sucedería ahora, hoy que es sol de invierno, hoy que el vicio y los desengaños han apagado ya su alma.

—¡Bah, quién sabe! Puede que el amor le regenere.

—Si fuese un amor sincero, sí; el de Elena, no. Mucho me temo, por el contrario, que le embrutezca más. ¡Quiera Dios, quiera Dios que estas coqueterías no acaben en sangre!

Lo dijo con tal convicción, que Boncamí quedó preocupado.

—Yo sé perfectamente lo que le pasa a Elena —continuó Luis—. En el vacío de su alma echa de menos una pasión profunda, un afecto sincero; sabe que Antonio es el único que en el mundo la ha querido de veras, el único que con sus besos le ha dado su alma toda; recuerda los días que pasó a su lado, los días felices de amor y de ternura, y quiere repetirlos. Y no sabe que en amor los días que pasaron, pasaron para siempre; que si segundas partes nunca fueron buenas, esta verdad en el amor es un axioma. Antoñito no piensa nada; va sencillamente hacia ella porque ella es su alma y su vida, y porque sin ella no puede vivir. Y los dos por distintas causas se buscan mutuamente y se encontrarán, y cuando se encuentren se harán más desgraciados todavía. Y de ese retrato, ¿qué? —preguntó variando bruscamente la conversación.

—Pues de ese retrato, na. Cruzado de brazos, esperando que a Rose d’Ivern le diera la gana de decidirse por una toilette. Es una tía completamente loca. Cuando parece que le ha convencido una idea, puede darse por seguro que está pensando en la contraria. Se ha querido retratar de pie, sentada en un trono, acostada como la maja de Goya, desnuda como Venus, con mantilla, con sombrero, con flores, sin flores, con mantón de Manila, ¡qué se yo! ¡Le digo a usted que estoy más harto de Rose y de retrato! ¡Si no fuera por las mil y pico! Y el caso es que le estaban reventando, porque no se atrevía a emprender otra cosa. Ya ve usted, hoy han venido a encargarme un techo para una tienda de refrescos gaseosos; cuarenta duros y no me he atrevido a aceptar.