Era una hembra para amar nacida.
—¿Se acuerda usted de este soneto? ¡Qué hermoso!, ¿eh? «Era una hembra para amar nacida...». Es que no es posible expresar más en un endecasílabo. Se está viendo a la mujer, una mujer morena, con los ojos negros... Y a propósito de mujeres y de Bedmar. ¿Sabe usted que estas noches andan muy cariñosos Elena y él, así, como si deseasen volver a entenderse?
—¡Ca, hombre!
—De veras. Especialmente Antoñito, no sale del escenario.
—Él, sí, pero ella...
—¿Ella? Lo único que yo puedo decir a usted es que, según me han contado, la otra noche hubo una bronca horrible, porque dijeron en su presencia que era un borracho. Se puso hecha una fiera. Se encaró con todos los que había en el cuarto, un grupo de diez o doce autores y periodistas, y después de llamarlos ruines, envidiosos, y qué sé yo cuántas cosas más, les soltó que ninguno de ellos le servía a Bedmar para ponerle en limpio las cuartillas; así, clarito. Y como Castro, amostazado, le replicara: «Hija, ¡qué barbaridad!, ¡cómo se conoce que ha sido tu querido!», se plantó en jarras en medio de la habitación, y repuso: «Bueno, pues sí, ¿y qué? Lo ha sido y lo volverá a ser cuando le dé la gana».
—¡Canastas! Me deja usted admirado.
—Sí, señor, no le quepa a usted duda; cualquier día los vemos cogiditos del brazo.
—Lo sentiré; porque el pobre Antonio va de buena fe, y ella es una niña caprichosa, sin corazón y sin entrañas, una mala hembra neurasténica que todo le cansa y todo le aburre, que cree que las pasiones son antojos, y el cariño, juguete que se tira cuando ya no distrae. ¡Oh, la conozco mucho! Hará cuatro o cinco años, cuando yo tenía todavía dinero, estuve con ella en relaciones. Entonces sí que era bonita, monísima, enloquecedora; una de esas mujeres que se suben a la cabeza como el vino viejo, a la primera toma. Traía todo Madrid revuelto. Pues bien; a pesar de eso, de su juventud, de su hermosura, de su gracia, de mi vanidad, sí, de mi vanidad, porque los amores con esta clase de mujeres halagan siempre; a pesar de todo esto, ¿sabe usted cuánto duraron nuestras relaciones? Quince días. Ni uno más. A los quince días tuve que enviarla a paseo y decirle: «Anda y busca un mono que te divierta, que yo no he servido todavía de pelele a nadie». Y tenga usted en cuenta que hace cuatro años era yo un chiquillo, un bebé sin experiencia.
—Pues a Bedmar sí le ha querido.