—Sí, es tan imbécil como todo eso.

—¿Sabe usted, en cambio, quién me parece que vale? Suárez. ¡Qué dos números más bonitos ha escrito! Especialmente un dúo, delicadísimo.

—Le oí la tarde del ensayo; es un primor, una filigrana. Habrá gustado mucho, ¿verdad?

—¡Quia!, no señor; no se ha repetido ni una vez siquiera. Entre la orquesta que lo toca mal, los cómicos que lo cantan peor y el público que no entiende de filigranas, ha pasado casi inadvertido.

—¡Qué lástima!, porque es lo mejor de la obra.

—¡Qué quiere usted!; el público es idiota.

—No, no es el público quien tiene la culpa. El público se acostumbra a lo que le dan, se educa a lo que le enseñan; le han educado a música de organillo, con platillos y bombo, y calderones y gorgoritos, y, claro está, no le gustan las filigranas, no las entiende. Es como si a un gañán acostumbrado a patatas y judías le da usted de pronto ostras y mortadela: no le gustan. La culpa no es de él, créame usted; es de esos canallas de Cañete y Compañía, que le han estropeado el paladar.

—Yo creo que Suárez ha de llegar.

—Y yo también. Es un artista, uno de los pocos hombres verdaderamente artistas que yo conozco; bien desgraciado por cierto; porque, defensor como ninguno del arte por el arte, tiene que vivir de él, que dar su alma para ganar el pan.

Otra noche Boncamí le trajo un número de La Abeja para que leyese los últimos versos de Bedmar; una composición vaga, nebulosa, de un ritmo encantador. ¡Qué lástima de chico! ¡Qué alma más grande de poeta! Y con voz sonora y entonación vibrante, se puso a recitar otros versos también suyos: