Volviose entonces hacia Boncamí que le seguía, y sin poderse contener le dijo:
—¿Podría usted hacerme un favor?
—Todos los que usted quiera.
—¿Quiere usted hacerme compañía esta noche?
Boncamí le miró estupefacto.
Luis comprendió todo el valor de aquella mirada, y sonriendo tristemente, repuso:
—No, amigo mío; no crea usted que tengo miedo; no me asustan los muertos, son los vivos los que me asustan; los vivos que lloran.
VIII
Los días que siguieron a la muerte del tío Tomás los empleó Luis en el arreglo y clasificación de las cartas y documentos que el buen señor tenía guardados; tarea en verdad bastante entretenida, pues eran tantos los papeles y tal el desconcierto que en ellos reinaba, que no había más remedio que repasarlos cuidadosamente para saber cuáles podían romperse y cuáles debían guardarse. Encomendó a la chimenea el trabajo de reducir los primeros a cenizas, y guardó ordenadamente los segundos en coquetonas carpetas de cartón, bien sujetas por oficinesco balduque. Púsoles, con su más hermosa letra redondilla, grandes y claras etiquetas y las sepultó en las profundidades del estante, prometiéndose leerlos con detenimiento cuando dispusiera de mejor humor. Entretanto quedáronse haciendo amigable compañía a la Colección legislativa, Sentencias del Tribunal Supremo y demás tomos de legislación que en las polvorientas tablas del estante amarilleaban ya bajo la patina del tiempo. Únicamente salváronse de la condena los títulos de los destinos y demás documentos oficiales que María necesitaba para incoar en Clases Pasivas el expediente de viudedad.
Boncamí iba todas las noches un par de horas a charlar con él y a ponerle de paso al corriente de las cosas que en el mundo ocurrían, esas cosas pequeñas e insignificantes que, por lo general, tanto nos interesan. Contábale que el público seguía aplaudiendo en Eslava la revista Madrid se divierte, con gran satisfacción de Castro, Pedrosa, Cañete y Suárez, que estaban ya seguros de mantenerla en el cartel la temporada entera. Todo el mundo convenía en que la tal revista era de lo más disparatado que se había escrito; pero a pesar de ello iban a verla, a reír un rato con las payasadas de Bermúdez y a aplaudir frenéticamente a Elenita Samper que, dicho sea en honor de la verdad, estaba encantadora. Es una lástima que no pueda usted ir a verla. Parece mentira lo que ha aprendido esa muchacha en poco tiempo; ¡qué sal tan fina, qué desenvoltura tan natural, qué manera tan personalísima de moverse en escena! Ahora es cuando yo me he convencido de que esa mujer tiene talento. No le quepa a usted duda, tiene mucho talento, pero mucho. Cuidado que el tango de los Pucheritos, como le llaman por ahí, es estúpido y canallesco, de lo más canallesco y estúpido que darse puede; pues bien: lo canta con una gracia y una intención, y haciendo unos gestos, y tomando unas actitudes tan requetemonísimas, que el público se marea, y se vuelve loco, y se pone de pie, y le dice: «¡Viva tu madre!», y no le tira los sombreros al escenario yo no sé por qué. Todas las noches tiene que repetirlo dos o tres veces, y lo notable del caso es que al final de cada ovación salen al escenario los cuatro zagalones de los autores, cogiditos de la mano, a dar cabezadas de agradecimiento. El público, como es natural, les toma el pelo, pero, ¡que si quieres!, ellos, sin enterarse, siguen cabeceando agradecidos. Anoche no pude por menos de decírselo a Pedrosa: «¡Por Dios, hombre, no salgáis! ¿No comprendéis que estáis haciendo el ridículo, que esos aplausos no son para vosotros?». Bueno: ¿pues creerá usted que se ofendió?