—Me he escapado solo un momento para saludarte.
Manolo se marchó igualmente.
—He dejado en Apolo a Petrita y a Amalia, y tengo que ir a recogerlas.
Los demás, a excepción de Boncamí, le imitaron pretextando imperiosas ocupaciones. En el salón quedaba también muy poca gente; dos primos del muerto, varios vecinos y algunos amigos de confianza. Todos se ofrecieron galantemente a velar el cadáver, pero con tal tibieza, que desde luego se adivinaba que lo hacían por puro compromiso. A la una y media solo quedaban los primos, Luis y Boncamí.
Entre los gases del muerto, la respiración de los vivos, el humo del tabaco y las luces de los hachones, la atmósfera se había viciado poco a poco, caldeándose y saturándose de olores nauseabundos. Fue preciso abrir los balcones para renovarla. La noche estaba fría; nublado el cielo; una bocanada de aire helado, húmedo, precursor de lluvia, penetró sutil.
—¡Caramba! ¿Saben ustedes que hace mucho frío? Vamos a coger una pulmonía.
Y para no cogerla decidieron marcharse al comedor y dejar solo al muerto. Después de todo, con que uno entrara de cuando en cuando en el gabinete a despabilar los cirios, había bastante. Rafael, el ordenanza del Tribunal, se encargó de ello. Sirviéronles grandes jícaras de chocolate con pan y manteca, y entre pitillo y pitillo se pasó la noche charlando, animadamente, de mil cosas distintas. Al amanecer, Boncamí y los primos se marcharon. Luis acostose hasta la hora del entierro. Cuando se levantó, la casa estaba atestada de gente; había gente en el comedor, en el despacho, en los pasillos, hasta en las alcobas; señoras enlutadas, sentadas en semicírculo alrededor de la viuda; caballeros graves, correctamente vestidos con levita negra, la mayoría hombres de edad, que avanzaban de puntillas hasta la capilla ardiente, con el sombrero en la mano, para contemplar un instante, por última vez, el rostro del amigo perdido.
A pesar de la lluvia que constante caía de las plomizas nubes, el acompañamiento fue muy numeroso hasta la Cuesta de la Vega; allí la mayoría se despidió y solo unos cuantos coches continuaron hasta el cementerio, chapoteando sobre los charcos de la carretera, convertidos en lagunas de lodo, bajo el agua implacable que azotaba los vidrios.
Era casi de noche cuando regresaron a casa. Seguía diluviando. Los balcones continuaban abiertos de par en par. En el rincón de la sala veíanse plegados los caballetes de las coronas, los hacheros manchados de cera, los negros paños festoneados de oro, dos o tres flores esparcidas sobre la alfombra, mustias y deshojadas siemprevivas.
Y Luis en medio de estas habitaciones oscuras, solas, frías como caserón deshabitado, impregnadas del húmedo olor de la tierra mojada, sintiose dominado por una melancolía honda, muy honda y muy triste. Avanzó buscando a María, y entre las cortinas del oratorio la vio de rodillas delante del Cristo, llorando en silencio.