A las diez de la noche no se podía dar un paso por la sala; tal era el número de amigos que acudieron a saludar a la viuda.
—Acabamos de leerlo en el periódico... ¡Pobre don Tomás! Pero, hombre, ¿Cómo ha sido eso?
Luis, al principio, los recibía muy amable, refiriéndoles detalles de la enfermedad; pero harto al fin de repetir siempre la misma historia, dejó a los parientes de su tío que se las arreglaran como mejor pudieran y se refugió en su habitación con Boncamí, Manolo, Paco Gaitán y algunos otros íntimos.
—Castro y Pedrosa me han encargado que te diera el pésame; es posible que vengan luego, a la salida del teatro.
—Hombre, a propósito; decidme, porque yo con la enfermedad del pobre tío no he salido estos días de casa ¿qué tal la revista? De las reseñas de la prensa no he podido sacar nada en limpio...
—¿La revista? Pues verás tú; la noche del estreno anduvo aquello bastante mal; el respetable público la encontró pesada y aburrida; en el primer cuadro empezó a toser y a dar golpecitos con los bastones; en el segundo la tomó a chirigota, y en el último, cuando algunos bárbaros pedían muy convencidos la cabeza de los autores, los amigos y la claque logramos imponernos y salvamos la obra.
—¿De manera que ha sido un fracaso?
—¡Quia!, nada de eso; ¡verás tú! En cuanto terminó la representación, cogieron la obra y se marcharon a la taberna de al lado Castro, Pedrosa, Cañete, Bedmar, Martín López, Fernández Gay, Fonseca, ¡qué se yo!, todos los percebes del saloncillo, y entre todos, corte por aquí, arreglo por allá, un chiste por este lado, una tontería por el otro, dejaron la revista que no la conocía ni el apuntador. Volvieron a representarla, y no solo gustó, sino que el público de buena fe está indignadísimo contra la prensa que ha dicho que es tan mala, y contra los reventadores que la patearon la noche del estreno.
—No me parece mal.
De pronto, comprendiendo que no era aquella conversación la más a propósito para una visita de pésame, cambiaron de tema y se pusieron a hablar de la enfermedad del pobre don Tomás. Gaitán se empeñaba en que el médico se había equivocado en el tratamiento; hacía mil preguntas a Luis sobre el curso de la enfermedad y refería con gran lujo de detalles los procedimientos modernos para curarla. A las doce se marchó, porque, según dijo, estaba de guardia en el hospital.