—¿Dice usted que está muy grave? ¡Pobre señor, pobre señor!, con tal de que lleguemos a tiempo...
Sí, llegaron; vivía aún. El cura, con piadosísima paciencia, le dio la santa unción sin que él, perdido ya el conocimiento, se enterara de nada. Vivía aún, pero era solamente su carne ya la que vivía. Su espíritu, su pensamiento, su inteligencia, ¡quién sabe dónde estaban! ¿Quién ha sabido nunca, quién sabrá jamás —pensaba Luis—, lo que ocurre en el cerebro de un agonizante?
Terrible fue la noche, inacabable y triste. ¡Pobre tío Tomás! La agitación de su pecho escuálido era cada vez más fuerte; más continuo cada vez el estertor que enronquecía su garganta. Su carne estaba lívida, rígidos sus miembros, su frente empapada de helado sudor que María, sentada a la cabecera del lecho, enjugaba caritativa.
En este estado pasó toda la noche y parte del día siguiente. A eso de las cuatro, el estertor cesó, sustituyéndole lentas, acompasadas aspiraciones, algunas tan largas que dos o tres veces creyeron que había muerto; pero no, venía otra aspiración y otra y otra más.
Cuando menos lo esperaban, un temblor imperceptible sacudió su cuerpo; su boca se abrió en una postrera aspiración, y expiró.
Luis, como si le hubieran quitado de encima un peso enorme, dio un fuerte suspiro y se dejó caer rendido y destrozado sobre el sillón.
Ella continuó de pie, rígida, inmóvil, la mirada tranquila, clavada en el pálido rostro del cadáver, con la serena impasibilidad de una esfinge.
VII
Amortajaron al cadáver con el hábito blanco de Santo Domingo y le trasladaron al gabinete de María, no solo porque era habitación más espaciosa, sino porque en él estaba el oratorio, un oratorio lindísimo, una verdadera capilla con altar y todo; grandes tapices de damasco cubrían el techo y las paredes; en la del fondo, bajo dosel de púrpura, una copia al óleo de la Concepción de Murillo, se destacaba al débil resplandor de dos lámparas de aceite colgadas del techo por cordones de seda; sobre el altar agonizaba un Cristo.
Amigos, vecinos y parientes acudieron desde el primer momento; se posesionaron de la casa y empezaron a dictar órdenes y disposiciones, como si se encontraran en la suya; ellos fueron los que avisaron a la funeraria, los que eligieron el féretro, los que le llenaron de flores y los que redactaron las esquelas. María y Luis no tuvieron que ocuparse de nada.