Tomás no oía. Sus ojos se vidriaban con rapidez visible; el gemido de su garganta enronquecía; sus manos se enfriaban.
María, loca de desesperación, llamó a los criados.
—¡Juliana! ¡Paca! ¡Rafael! —sus gritos se perdieron en el silencio del pasillo...—. ¡Dios mío, Dios mío!, no hay nadie..., se han ido todos..., y este hombre se muere... ¡Dios mío, qué horrible! —gritó sollozando, sin pensar que el enfermo vivía aún y podía oírla.
Luego, mirando a Luis, lívida la faz, húmedos los ojos, las manos suplicantes, en un ademán de inmenso dolor, siguió rogando:
—Un cura, es preciso que venga un cura..., es posible que todavía lleguemos a tiempo... Luis, ¿por qué no vas tú?...
—¡Te quedas sola!
—¡Qué importa eso! Lo principal es que venga un cura... Anda, Luis, ve, ve en seguida.
Luis echó a correr sin preocuparse siquiera de coger un abrigo. En el portal encontró a las criadas.
—Suban ustedes en seguida con la señorita..., el tío se muere.
Y salió corriendo por la plaza de San Ildefonso. Afortunadamente, la parroquia estaba cerca. En la tibia oscuridad de la sacristía, un pobre cura de cabellos blancos y enflaquecido cuerpo dormía dulcemente sobre ancho sillón de cuero de Córdoba. Al enterarse del objeto de la visita, se puso prontamente en pie, y con toda la rapidez que sus años le consentían, acabó de vestirse, sacó los santos óleos, llamó al monaguillo y echó a andar detrás de Luis, arrastrando los pies.