—Porque si crees que me voy a morir quiero que me lo digas; quiero saberlo; tengo que arreglar muchas cosas.
—Pues bien; no estás en peligro ni muchísimo menos; pero puesto que tú mismo provocas la cuestión, creo sinceramente que si tienes algo que disponer, puedes hacerlo.
—¡Ah!, tú crees... ¡Ah!
Sus dedos crispados dejaron de arañar la sábana; nervioso sacudimiento recorrió su carne; sepultó la cabeza en las almohadas y quedó rígido.
—¡Tomás! ¡Tomás! —sollozó María precipitándose sobre él.
Tomás abrió los ojos; miró alternativamente a su mujer y a su sobrino; sus labios se agitaron como queriendo hablar, pero la frase no salió.
—El oxígeno, Luis, el oxígeno.
Era ya tarde; los dientes, entreabiertos, no supieron sujetar la boquilla.
—¡Tomás! ¡Tomás!
—¡Tío!