—¿Qué es eso? —preguntó Elena entrando en el cuarto y tirando sobre la butaca el mantón de Manila que la doncella recogió cuidadosa—, ¿qué le pasa a Gener, que va por esos pasillos como un loco?
—¿Qué le va a pasar? —contestó Pedrosa señalando a Manolo—; que este es un majadero que habla siempre más de lo que debe, y como es natural, se lleva cada revolcón que Dios tirita.
—Pues nada, no hay ningún revolcón. Si se ha enfadado, culpa suya es; yo no le he dicho más que la verdad; el que se pica, ajos come.
—Estás en un error, no es verdad; pero, aunque lo fuera, esas cosas no deben decirse.
—Pero, ¿qué es ello? —insistió Elena.
—Nada, majaderías de este.
—¿Majaderías, eh?, verá usted, Elena, lo que ha ocurrido. Luis empezó a tomarme el pelo por si voy o no voy siempre con mi chica por la calle; yo me exasperé y le dije que, realmente, es mucho más cómodo tenerla en casa.
—Hombre, claro está que se habrá enfadado. Y con razón. ¿Sabe usted que, en efecto, voy creyendo que es usted un poco majadero, Manolo?
—¿Usted también me va a tomar el pelo? Pues..., buenas noches.
Cogió el sombrero y el gabán y se marchó.