—Pues, señor —dijo Castro—, está buena hoy la tertulia, buena, buena... Cualquiera se desliza. ¿Se puede saber qué mosca les ha picado a ustedes?
—A mí, ninguna —contestó Elena—; casualmente esta noche estoy yo contentísima.
—¿Y eso?
—Figúrese usted; mañana Lunes Santo; seis días sin función. ¿Ustedes saben lo que para mí significa seis días sin trabajar, sin estudiar, sin ensayar, sin hacer más que lo que yo quiera y lo que me dé la gana?
—No todos creen lo mismo.
—Es verdad —replicó tristemente—, para esos pobres racionistas, para esas infelices chicas del coro, la Semana Santa es una semana terrible: para ellos sí que es una verdadera semana de pasión y de ayuno. ¿Ven ustedes?, también hago yo frases; me he contagiado. ¡Claro!, no podía ser otra cosa. Vaya, caballeros, con el permiso de ustedes, me voy a desnudar. Estoy deseando llegar a casa; tengo un sueño que no veo.
—Sí, sí; a descansar.
—Ea, Elenita, adiós, hasta dentro de unos días.
—Es verdad; hasta el Sábado de Gloria.
—¡Gracias a Dios! —exclamó cuando se marchó el último—. ¡Qué pesadez!, siempre estos moscones metidos en el cuarto.