Pero apenas cerró la puerta, sonaron en ella dos suaves golpecitos.
—¿Quién? —preguntó malhumorada—: no se puede, me estoy desnudando.
—Soy yo, Elenita.
—¡Ah, eres tú! —exclamó cambiando de tono al reconocer la voz de Antonio, y abriendo presurosa la puerta—. ¿Qué quieres?
—Nada... —contestó él balbuceando, sin pasar del umbral—: saludarte, ¡como vamos a estar tantos días sin vernos!
—Seis días..., verdad. Pero, pasa; ¿qué haces ahí? ¿Tienes prisa?
—No, ninguna.
—Entonces pasa y siéntate, yo termino en seguida. Ya ves, tengo puestas las mallas todavía; no me las quito hasta llegar a casa. Mira, haz el favor de cerrar la puerta; no quiero que entre nadie.
En seguida, ayudada por la doncella, y en presencia de Antonio, despojose rápidamente del traje que llevaba; se puso otro de lana oscura, echose una capa sobre los hombros, envolviose la cabeza en una toquilla y le dijo a Bedmar:
—Antoñito, ¿quieres acompañarme a casa?