Antonio se quedó como el que ve visiones.
—Con muchísimo gusto.
—Pues, ea, vámonos.
—Mira, abrígate bien; la noche está fría.
Sí, estaba fría; un airecillo del Guadarrama soplaba sutil por el callejón de San Ginés con amenaza de pulmonía.
—¿Quieres que tomemos un coche?
—No, ¿para qué? Iremos de prisita y así entraremos en calor.
Y levantando la capa de Manolo se colgó de su brazo.
El pobre bohemio se quedó lívido al sentir el suave contacto de aquella carne tibia; violenta crispación le sacudió los nervios.
—¿Qué tienes?