—Nada; frío.

En un momento llegaron a casa de la actriz.

—Anda, sube —le dijo ella—; tomaremos una taza de té y charlaremos un rato; tengo muchas ganas de charlar contigo.

Él, emocionado, loco de alegría, no sabía qué contestar. ¿Pero era posible, Dios mío? Parecíale que estaba soñando, y se pasaba instintivamente las manos por los ojos, para convencerse de que no era delirio. No, no lo era; aquella era su casa, aquel el recibimiento con su perchero de nogal adornado de verdes palmeras; aquel el gabinete coquetón y lujoso; aquella la chaise longue sobre la cual, embelesado, escuchó tantas veces las palabras de amor de su Elena, de su Elena del alma, que de nuevo se le aparecía, hermosa como nunca, como nunca adorable.

Aturdido, emocionado, permanecía de pie en medio de la habitación, sin saber qué hacer ni que decir.

Ella se quitó la capa y la toquilla, las arrojó sobre una butaca; aproximose a él, y cogiéndole las manos y oprimiéndoselas con fuerza, le dijo apasionada:

—Antonio, Antonio de mi vida, ¡qué ganas tenía de mirarte así!

Él abrió los ojos espantado; pareciole que todo giraba a su alrededor, que el suelo se hundía, que los muebles danzaban; quiso hablar y los sollozos ahogaron su voz, sollozos de alegría...

Loco de amor cayó a sus plantas, abrazado a sus piernas, besándole las manos, en una violenta crisis de ternura.

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