—¿De modo que te vas?
María pronunció estas palabras con tono tan triste, tan hondamente triste, tan lleno de dolor, que Luis no osó replicarla; hundió la frente en las manos y de nuevo quedó callado y pensativo.
Y pensativa y callada quedose también ella, los brazos caídos, la mirada perdida en un grupo de nubes que ensangrentaba el sol.
La tibia luz del crepúsculo penetraba por el balcón abierto abrillantando los metales, destacando las molduras, reflejándose en los espejos, luchando tenazmente con las primeras sombras que, lentas, silenciosas, surgían del fondo de la estancia, apoderándose de los macizos muebles, posesionándose de los paños, apagando los tapices, amortiguándose a lo largo de las paredes hasta sumirla en dulce semioscuridad de santuario.
Un sollozo que creyó percibir le hizo alzar la cabeza y mirarla; no se había engañado: lloraba. Impasible, sin un grito en la garganta, sin una contracción en el rostro, con los ojos siempre fijos en el crepúsculo sangriento, lloraba gruesas lágrimas que resbalaban por las mejillas, se detenían al borde de los labios y caían, al fin, pausadas, gota a gota, sobre la blusa negra.
Sintió Luis que un latigazo le sacudía los nervios; crispáronsele las manos; quiso hablar y no pudo; comprendió que el valor iba a faltarle, y levantándose bruscamente se fue al balcón y se dejó caer de pechos sobre la barandilla.
La brisa de la tarde, al pasar por su frente, le aplacó los nervios y sosegó su espíritu.
Y así como al morir el día el cielo palidece y las sombras se agrandan y las líneas se borran y los objetos se confunden y solo queda brillante y luminoso el disco del sol, así en su cerebro palidecieron las ideas, los conceptos se borraron, se fundieron los pensamientos, y únicamente la imagen de su amor quedó triunfante y viva. Repasó lentamente la historia. La impresión que le produjo aquella mujer sencilla, ingenua, bonita, delicada, alma de niña, flor de estufa, trasplantada de la tranquila soledad del claustro a los brazos de un hombre como Tomás, duro, brutal, impresionable y vengativo. Los días felices de la luna de miel, breves, muy breves. Después el negro capítulo de Carlos, el odio implacable, los ultrajes continuos, las largas horas de martirio que al hacerla cada vez más desgraciada, la hacían cada vez más deseable. Luego, las incertidumbres crueles, las dudas amargas... ¿Me amará? ¿No me amará? ¿Será para mí algún día? ¿No lo será nunca? Y la esperanza siempre generosa: «Será para ti». Y el escepticismo siempre helado: «No lo será jamás». Y entretanto, una constante comunidad de ideas y sentimientos entre aquellas dos almas; un comercio intelectual y moral de sensaciones; un afecto recíproco que crece y crece y se agiganta y se convierte en pasión loca, avasalladora, dominante. Amor condenado a vivir encerrado en el fondo del alma, como delito vergonzoso, con la esperanza de poderle ver surgir un día franco y descubierto. Y he aquí que el día llegaba y la realidad se interponía de nuevo entre sus sueños para destrozarlos brutalmente y decirle: «Esa mujer no es para ti».
No, no es para ti. ¿Quién eres tú, qué vales ni qué derecho tienes para aspirar a ella? ¿Puedes hacerla feliz? ¿Puedes sostenerla con el decoro que su educación necesita? ¿Puedes casarte con ella? Pues si no puedes casarte, ¿qué es lo que pretendes? ¿Hacerla tu querida, obligarla a que sacrifique su virtud, el único bien de su alma, lo único en que la pobre cifra su vanidad y su orgullo? ¿Quieres condenarla a que se avergüence de sí misma, a que tenga que bajar humillada la cabeza ante las murmuraciones del mundo, ante la maledicencia de las gentes, ante la opinión de cuantos la conozcan, que no verán jamás en esta unión el triunfo del amor puro y bueno que todo lo justifica y todo lo perdona y todo lo enaltece, sino, por el contrario, la egoísta adquisición de goces materiales, la grosera satisfacción del vicio? ¿Qué otra cosa podían significar las burlas veladas, las risas maliciosas de sus amigos? Bien claro lo había oído. ¿Y ese era el premio que pensaba darle a sus sufrimientos, a su bondad y a su ternura?
Y aun en el caso de que su amor le hiciera romper con estos convencionalismos, con estas preocupaciones ridículas del mundo que sujetan las pasiones a la fórmula de un sacramento, ¿tendría ella el mismo valor? ¿Accedería ella? Y aun suponiendo que accediese, ¿iba a continuar en su casa, viviendo a costa de ella, dejando que ella le mantuviese? ¿Era esto digno? ¿Era esto decoroso?