El crepúsculo tocaba a su fin. Las nubes habían perdido sus matices sangrientos y se deshacían en el espacio como grises bocanadas de humo. Detrás de ellas plateaba el disco de la luna. Entre un jirón inmenso, Venus lucía con titilante brillo. La sombra del infinito caía lentamente. Un murciélago pasó revoloteando delante de sus ojos con rápidos giros.

No le quedaba más remedio que separarse de ella, alejarse, luchar por la vida, entregar su alma a los burgueses, ganar dinero, fuese como fuese, mucho dinero, viniera de donde viniera, que luego ya le santificaría él nuevamente transformándole en arte y en amor. Y entretanto, coger su cariño y guardarle como sagrada reliquia, huir de María, no buscarla, contentarse con que caprichos de la suerte le colocaran frente a ella para contemplarla un instante, como se contempla la joya que nos deslumbra y que no podemos adquirir; la obra de arte que nos emociona y que no podemos poseer; la creación musical que nos embriaga y que ni siquiera sabemos interpretar. Ella le esperaría; confiaba en ella.

Y más tranquilo ya, envalentonado con esta esperanza, regresó al gabinete.

Ella no se había movido. Con los brazos caídos y los ojos siempre fijos en el espacio, continuaba silenciosa. Largo suspiro abrió por fin sus labios y volvió a repetir:

—¿De modo que te vas?

—Sí, me voy.

Y con voz torpe y frases entrecortadas, como el que no cree en lo que dice, le explicó el motivo. Él no podía continuar allí más tiempo. No solo no era digno ni decoroso para él, sino que constituía un peligro para ella, para su reputación y para su honra. Él no podía en manera alguna exponerla a las murmuraciones del mundo. El mundo no vería en ellos más que un hombre joven y una mujer hermosa que vivían juntos sin estar casados. El mundo es así; juzga por apariencias, y sus fallos son inapelables. No podemos sustraernos a ellos; no podemos romper con la realidad que nos ahoga y nos empequeñece y nos anula y nos convierte en marionetas de Guignol, en pobres seres sin voluntad y sin albedrío, sujetos a las leyes frías, inexorables, de una sociedad sin fe y sin corazón. Pasamos por la vida como sombras de nosotros mismos. Por miedo a los fallos del mundo, ahogamos en flor nuestros más bellos ideales, nuestras ilusiones más bellas; refrenamos nuestras pasiones, ocultamos nuestros deseos, y en carnaval perpetuo cubrimos con máscara de risa los más puros afectos. Tú y yo nos queremos, nos adoramos con toda el alma y, sin embargo, tenemos que separarnos uno de otro... Ya lo ves...

—Es verdad..., es verdad —asentía María tristemente.

Era completamente de noche. Un rayo de luna, rompiendo los celajes, caía sobre ella iluminando su cabeza rubia y sus mejillas pálidas. En el fondo de la estancia, entre los grandes cortinones rojos de la capilla, se destacaba, alumbrado por el mortecino fulgor de las lámparas, el Cristo de marfil.

—Me voy; pero no creas que por eso me separo de ti, no; yo volveré y cuando vuelva, yo te diré todo lo que tengo guardado en el fondo del alma, lo que yo he sufrido, lo que yo te quiero. Yo te diré que te quiero como no ha sido querida jamás mujer alguna; yo te diré que al solo recuerdo de tu imagen, la más pequeña fibra del más pequeño músculo se agita de emoción. Yo no puedo vivir sin ti, María. Me levanto y me acuesto pensando en ti. No hay un solo momento en todo el día en que el recuerdo de tu persona no me martirice. Te tengo metida en el cerebro. Yo no puedo trabajar, no puedo hacer nada; estoy anulado para todo lo que no sea mi amor y mi María.