Ella le escuchaba atentamente, sin demostrar la menor extrañeza, como si todo aquello fuese cosa sabida. Él continuó, cogiéndole las manos, que ella no retiró:
—Te adoro, María, te adoro. Eres mi vida, mi alma, mi alegría. Tú espérame, que yo volveré; y cuando yo vuelva, todo lo que tenga, todo lo que sea, todo lo que valga será para ti. Yo te daré todo lo que tú necesites. Más. ¿Quieres cariño? A montones. ¿Quieres ternura? A raudales. Yo satisfaré todas tus ansias; yo te querré por todos los que no te han querido. Yo me arrancaré el corazón con las uñas y te lo daré diciéndote: toma, para ti, ámale o despréciale, mímale o estrújale, acaríciale o pisotéale; haz lo que quieras, para eso te lo doy, es todo tuyo. Yo te veneraré como a una madre, te querré como a una novia, te respetaré como a una hermana, te desearé como a una amante; tendré para ti ternezas de niño y caricias de fuego; en una palabra; yo te amaré como no ha sido amada jamás mujer alguna.
—¡Calla, por Dios!
—¡Cuánto te quiero, María de mi alma! ¡Cuánto te necesito! ¡Qué ganas tengo de que seas mía! ¿Cuándo serás mía, verdaderamente, enteramente, completamente mía?
—¡Luis, déjame, no me enloquezcas! —contestó ella con voz ronca, ahogándose.
Él no la oía. Aproximándose a su cara hasta abrasarla con su aliento, aprisionándole las manos cada vez con más fuerza, seguía apasionado:
—Te haré la más feliz de las mujeres. Si en el cariño fundas tu alegría, yo te volveré loca de cariño. ¡Verás cuánto amor, cuánta ternura, cuánto mimo tengo en el alma guardado para ti! Yo te juro, María, que te querré como no has soñado nunca que te quieran.
—Pues bien; yo también te quiero; yo también te juro... Ven —exclamó bruscamente, poniéndose en pie y llevándole nerviosa a la capilla—. Yo te juro también que te quiero mucho, mucho. Yo te juro, delante de ese Cristo que nos oye, que seré tuya o no seré de nadie.
Los rayos de la luna se apagaron de pronto tras las nubes grises, sumiendo el gabinete en honda oscuridad. Una ráfaga de aire, penetrando furiosa por el balcón abierto, sacudió con estrépito los cristales, barrió un periódico abandonado sobre una silla y, llegando hasta el oratorio, hizo oscilar las luces de las lámparas que alumbraban al Cristo.
—Yo también te amo —siguió ella diciendo—; todas esas fiebres, todas esas ansias de que antes hablabas, las siento yo también. Yo también te necesito; yo también quiero ser tuya verdaderamente, enteramente, completamente tuya. Y lo seré; ¿verdad, Dios mío, que seré suya? —preguntó con suplicante acento, clavando los ojos en el crucifijo de marfil.