Él, sugestionado por aquella fe, lo miró igualmente.

Y ambos quedaron de nuevo largo rato silenciosos; uno de esos silencios hondos, deprimentes, que pesan como losas de plomo. María fue también quien lo rompió primero para decir tristemente:

—Mi vida está desde este instante consagrada a ti, a Dios y a ti. Cuando me busques me encontrarás siempre, siempre seré la misma. Pero ¿y tú, Luis? ¿Puedo yo tener la misma confianza? Eres joven, eres libre, el porvenir es tuyo..., en tu camino encontrarás mujeres que valgan más que yo, ¿te acordarás de mí?

—¡Siempre!

—No me olvides, Luis, no me olvides: no podría vivir sin tu cariño.

Las mortecinas luces de las lámparas seguían alumbrando el oratorio con dulce claridad. Bajo el dosel de púrpura, la Virgen los miraba con expresión de infinita ternura; sobre el altar abría sus brazos piadosos el Cristo de marfil.

—Adiós, María.

—¿Tan pronto?

—Sí... Si no me voy ahora, no me iré nunca. Mañana quizá no tendría fuerzas para ello, y es preciso que me marche; ¿verdad que es preciso?

Ella palideció más todavía; un temblor nervioso recorrió su cuerpo; sus ojos se llenaron de lágrimas; pero reponiéndose en seguida, contestó: