—Sí, es preciso.
—¡Adiós!
—Adiós, mi Luis.
—Adiós, mi alma.
Cogió su mano y la llenó de besos. Después salió tambaleándose.
Ella quedó de pie, atontada, escuchando cómo los pasos de él se perdían en el silencio del pasillo. Luego clavó en el Cristo los ojos suplicantes.
—¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Tú que lees en el fondo de las almas, ten compasión de mí!
Y cayó de rodillas, sollozando.
XI
Anduvo mucho, muchísimo, no sabía cuánto ni cómo ni por dónde. Anduvo errante, a la ventura, por calles y plazuelas, eligiendo las menos concurridas, esquivando las miradas de los transeúntes, temeroso a cada instante de encontrarse un amigo impertinente que le sacara de sus meditaciones que, tristes y todo, tenían el adorable encanto de ser suyas. Pasó, repasó y volvió a pasar el intrincado laberinto de calles desde la suya a los Mostenses y desde los Mostenses a San Gil; subió la de Leganitos, y huyendo de la de Preciados, se metió en los alrededores de la plaza de los Ministerios; bordeó luego los jardines de la plaza de Oriente, pasó frente Palacio, siguió por Bailén, cruzó el Viaducto y, torciendo después a la izquierda, entró en la de Don Pedro, bajó a la de Segovia y se perdió en las intrincadas callejuelas del Madrid viejo, en las retorcidas, desiguales calles de la antigua villa, más frías, más tristes, más lóbregas que nunca, bajo el cielo nublado.