En el silencio de estas viejas calles donde los pasos retumbaban como en sonoro claustro de convento, sus ideas confusas comenzaron a cristalizarse poco a poco; el instinto de la vida, sobreponiéndose a todo con brutal egoísmo, fue borrando tristezas, recuerdos, delirios, toda la parte ideal de sus amores, para mostrarle al fin, cruda y escueta, la terrible realidad del presente, el problema, planteado ya, de su nueva situación en el mundo.
¡Bonita situación! Sin familia, sin amigos, sin casa, sin dinero... ¿Qué hacer en este trance, qué hacer? Y como la contestación satisfactoria no llegaba, seguía errando, pausada y tardamente, por las viejas calles, más tristes, más lóbregas, más solitarias cada vez. El viento triunfaba en ellas, retorciéndose en las esquinas, apagándose en las fachadas, barriendo los desperdicios del arroyo, silbando en los aleros, zarandeando persianas y cortinas, haciendo oscilar las llamas de los faroles que, débiles, temblaban como reverberos de retablo. Las sombras vagas de los transeúntes, al pasar bajo el radio mezquino de luz, se destacaban un momento; después se confundían de nuevo en la negrura de la noche. Aullaba un perro. Una guitarra gemía plañidera una copla andaluza.
En el silencio augusto de estas calles, de estas viejas calles retorcidas y lóbregas que pesaban sobre su conciencia con la tristeza acumulada de tres siglos, Luis sentía que su espíritu declinaba, que su voluntad se adormecía y que un abatimiento profundo, muy profundo, se iba apoderando lentamente de él. Se encontró solo, abandonado y triste; triste sobre todo. Un ansia imperiosa de llorar, de desahogar su corazón acongojado, le acometió de pronto, y apoyándose en el saliente de una reja, lloró largo tiempo, con lágrimas tibias y sollozos hondos.
Poco a poco sus energías reaccionaron. Se dio cuenta de su debilidad, y, avergonzado, irguió la frente y paseó la mirada por la calle. Nadie le había visto; todo dormía en el reposo augusto; solo el viento seguía silbando en las encrucijadas, zarandeando las cortinas de lona y empujando las nubes que, en el gris pizarroso del cielo, ante el lívido espectro de la luna, se extendían flotando como algas gigantescas. Terció la capa con gallardo ademán y siguió andando, tranquilo ya, seguro de sí mismo, firme el pisar y la mirada altiva.
A medida que el problema se desenvolvía en su cerebro, le encontraba más fácil y sencillo. Después de todo, aquello era perfectamente natural. No había por qué ni para qué abatirse. Solo los espíritus pobres decaen en la lucha; la temen y la huyen. Los fuertes la persiguen, combaten y triunfan. En la batalla de la vida, solo sucumben los cobardes y los débiles. Razonando con frialdad de esta suerte, hubo un momento en que hasta se alegró de su nueva situación, de este cambio de vida que le permitiría en lo sucesivo desenvolver sus ideales, sus energías, sus grandes ambiciones de gloria, sujetas hasta entonces por la inacción y el indiferentismo. No sentía remordimiento alguno por lo que había hecho; al contrario, le parecía admirable aquella ruptura inesperada y brusca. Así estaba más libre y más independiente.
Sin saber cómo se encontró en la calle del Arenal, esquina al pasadizo de San Ginés, en el momento mismo en que los grandes focos eléctricos apagaban unánimes su resplandor blanquísimo. La gente salía del teatro, las mujeres tapándose la cara y los hombres encendiendo pitillos. Avanzaban lentos, en compacto grupo por el angosto pasadizo donde se separaban, extendiéndose a lo largo del arroyo como río que se sale de madre. Los coches alquilados se alejaban retumbando con ruidoso rodar.
Oculto en la sombra de una puerta, apoyado en el quicio y embozado en la capa, se distrajo largo rato viendo pasar la muchedumbre. Gentiles parejas cogiditas del brazo; grupos de muchachos tarareando los cantables; señores graves, familias burguesas, mujeres honradas y mujeres alegres, gente elegante y gente del pueblo, el público de la butaca y el público del anfiteatro mezclado y unido en democrática confusión. Vio a Gaitán con varios amigos; a Lola Guzmán y a Paca Rey, espléndidas, elegantísimas, llenando la calle con su omnipotencia de mujeres hermosas. Y tiernamente unidos, juntos, muy juntos, hablándose en voz baja, comiéndose con los ojos, andando muy despacio, muy despacio, los últimos de todos, enamorados y felices, Manolo y Petrita. Iban tan arrobados uno en otro que no le vieron: ¡qué habían de verle!, si no veían nada, si para ellos no había más mundo que ellos mismos, que su cariño inmenso que los unía y los confundía y los amalgamaba en un solo deseo y una sola idea y una sola personalidad.
Apoyado en el quicio de la puerta, oculto en la sombra, los miró alejarse poco a poco. Y al verlos tan unidos, tan dichosos, tan satisfechos de ellos mismos, poseedores felices del amor que alegra la existencia, un sentimiento de envidia royó su corazón. El recuerdo de la mujer querida apareció de nuevo y sumiole otra vez en hondos pesimismos.
El cielo estaba completamente cerrado. Había calmado el viento y una lluvia helada y menudísima caía lentamente.
Pegado a las paredes, resguardándose del agua bajo las piedras de los balcones, atravesó acelerando el paso la Puerta del Sol. Sentía hambre y frío. Dolorosa sensación de angustia le oprimía el pecho y su estómago le hacía sufrir horriblemente. Pensó entrar en un café; pero el brillo de las luces y la concurrencia que en todos se le antojó numerosa, le hicieron desistir de su propósito y siguió andando por la Carrera de San Jerónimo, sin objeto alguno, sin pensar en nada, en un completo embrutecimiento de su ser, mecánicamente, muy entretenido en ver cómo su sombra crecía y se agrandaba bajo los vacilantes mecheros del gas.