Al llegar a la calle del Príncipe, la lluvia arreció de tal manera, que no tuvo más remedio que guarecerse en un portal, al lado de un guardia de orden público. Y allí estuvo una hora y otra, muerto de frío, tiritando, aguardando inútilmente a que escampara.

Con gran sorpresa suya oyó de pronto que le llamaban, y alzando los ojos, vio parado delante de él un coche de punto con la portezuela abierta, y en el Interior la elegante silueta de una mujer que le hacía señas para que se acercase. Era Isabelilla.

—Pero, hombre, ¿qué haces ahí?

Tan embrutecido estaba, que no supo al principio qué contestar. Bien es verdad que en aquel momento la respuesta resultaba un tanto difícil.

—Nada, ya ves; esperar a que escampe.

Lo dijo con tono tan extraño, tan abatido, que Isabelilla no pudo por menos de mirarle asombrada.

—¿Qué te pasa, chiquillo?

—Nada.

—A mí no me vengas con mentiras; a ti te pasa algo: ¿qué duda cabe de eso? Te pasa algo y me lo vas a contar ahora mismito... Sube.

—No.