—¿Por qué? ¿Qué vas a hacer en ese portal, mamarracho? Ea, sube; te llevaré a tu casa.
Iba a replicar negándose nuevamente; pero comprendiendo que no era cosa de entrar en explicaciones delante del guardia y del cochero, calló y entró en el coche.
—Oye, arrea a un café donde haya poca gente.
Mientras fueron en el carruaje, Isabelilla permaneció callada; pero en cuanto entraron en el café, abordó resueltamente la cuestión.
—Mira, chiquillo, tú a mí no me la das, te conozco demasiado. Esta noche estás tú muy triste y muy desesperado, y eso no puede ser más que por dos motivos: o no tienes dinero, o te ha engañado una mujer. —Y como observara que Luis se sonreía amargamente, prosiguió con voz firme, segura de haber puesto el dedo en la llaga—: ¿Ves tú? No había más que mirarte para comprenderlo. Tú esta noche has jugado y has perdido, ¿no?, pues entonces es lo otro, eso es: tú has reñido con una mujer, con una mujer a quien quieres mucho, ¡como que has llorado...!, tienes todavía hinchados los ojos. Pues ¿sabes lo que te digo?; que no hay en el mundo ni una sola mujer que merezca que un hombre llore. Ya ves tú, yo soy mujer y te lo digo. De manera que pelillos a la mar; echa por el camino de en medio, tira a un lado tormentos y fatigas y mírame a mí, a tú Isabelilla, que está toda por ti dispuesta a darte todas las alegrías que tú quieras... ¡Qué barbaridad! ¡Pues no lo has tomado tú poco a pechos! Ni que te fuera en ello la vida. Vamos a ver: ¿se puede saber quién es esa señora que te trae de cabeza esta noche? ¿La conozco yo?
—¡Tú qué vas a conocer!
—Bueno, hombre, no te alteres, que no la ofendo. ¡Ni que fuera la Virgen del Carmen! —Se detuvo por miedo de decir demasiado. Después, observando el aspecto abatido del pobre chico, continuó con tono amable, oprimiéndole dulcemente la muñeca—: Vamos, no te pongas así... Me da mucha pena verte triste. Anda, cuéntame lo que te ha pasado. ¡Qué caramba!, cuatro ojos ven más que dos: es posible que te pueda dar un buen consejo.
Él, entonces, sugestionado por aquella amabilidad, en un arrebato de expansión, en una necesidad imperiosa de hacer a alguien partícipe de sus intimidades, de descargar todas las miserias que pesaban sobre su alma, se lo contó todo. Ella le oyó en silencio, sinceramente interesada. Cuando terminó de hablar, quedó largo rato pensativa. Después, adoptando un aire de superioridad, como mujer que comprende toda la importancia de un consejo, emitió francamente su parecer.
—¿Sabes lo que te digo? Que esa mujer no te quiere, no te hagas ilusiones, ¡qué te va a querer! Si te quisiera, no te habría dejado marchar esta noche en las condiciones en que te has ido, solo, sin dinero... Y a mí no me vengas con que ha sido por deber ni por virtud, ¡mentira!, el verdadero deber, la verdadera virtud estaba en haberte retenido en su casa, hasta que tú encontraras medios de vida, en coger el corazón y pisotearle y decirte, si es que quería ser buena: «Mira, chico, no te molestes en hablarme de amor, porque entre tú y yo no puede haber nada». Eso, eso era virtud, eso era deber. Pero echarte a la calle a hacer el golfo y a pasar fatigas, eso, eso no lo hace ninguna mujer que quiere, menos aún, ninguna mujer que tenga corazón. Perdona si te hago daño —prosiguió al ver que a Luis se le saltaban las lágrimas—, pero, ¡qué quieres!, no puedo remediarlo; ¡me da coraje que se porten así con un hombre!
Calló de pronto. Él dio un suspiro y abatió la cabeza sobre el pecho.