—Bueno, ¿y qué vas a hacer?
—No sé.
—¿No tienes nada pensado?
—Nada.
Ella calló de nuevo. Luego, adoptando una resolución enérgica, le preguntó a boca de jarro:
—Oye; ¿quieres venir a vivir conmigo?
Él la miró asombrado; vaciló un momento; pero reponiéndose en seguida, contestó secamente:
—No.
—¿Por qué? ¿Qué inconveniente hay? Mira, yo ahora no tengo a nadie, soy libre, dispongo de dinero... para..., para..., lo menos para tres meses. Y en tres meses, ¡figúrate tú! Anda, ¿quieres?
—No, Isabel, no, no puede ser.