—Pero ¿por qué? ¡Si no lo sabrá nadie..., si nadie tiene necesidad de saberlo...! Y aunque lo sepan, ¿no puedes tú vivir con quien te dé la gana? ¿O es que quieres tanto a esa mujer, que aun después de lo que te ha hecho no quieres faltarla? Si es así, me callo; pero conste que te hago el ofrecimiento con toda mi alma.
—Gracias, Isabel, muchas gracias; ya lo sé.
—Bueno, pues entonces otra cosa. Tú no tienes dinero; permíteme que te preste lo que necesites: veinte, treinta, cuarenta duros, lo que te haga falta. No los llevo encima, pero te los mandaré mañana donde tú quieras.
—Gracias, no me hace falta nada; tengo dinero.
—¡Mentira!
—De veras, mujer, tengo dinero.
—Mira, Luis —exclamó apoyando los codos sobre el mármol de la mesa y mirándole fijamente—. Yo soy agradecida. ¿Te acuerdas cuando nos conocimos? Era una noche como esta, solo que aquella noche era yo la que estaba desesperada y triste: me había abandonado un hombre a quien quería y me echaban de la casa por no tener dinero. Te conté la historia y me diste diez duros, y cuando yo en pago de ellos quise darte mi cuerpo, que era lo único que yo podía darte, me contestaste: «No, niña; yo no compro mujeres ni me aprovecho de tristezas». Estas fueron tus palabras, ¿te acuerdas? «Si algún día nos encontramos y yo te veo contenta y feliz, me iré contigo porque eres una mujer muy hermosa, que me gustas mucho; pero esta noche, no»; ¿te acuerdas? —Hizo una pequeña pausa y prosiguió—: Aquellos diez duros fueron un préstamo; por lo tanto, te los devuelvo y te presto otros para que tú me los devuelvas a tu vez cuando los tengas; ¿estamos?
—No, Isabel, no; no me hacen falta.
Los camareros habían apagado la mayor parte de las luces, y después de colocar las sillas encima de las mesas, barrían el suelo mirando con mal disimulado enojo a aquella pareja que no acababa de marcharse.
—Vámonos, van a cerrar —dijo Luis.