—Sí, vámonos —contestó ella malhumorada, poniéndose en pie y atravesando el salón sin volver la cabeza. Antes de subir al coche, volvió a insistir.

—¿De manera que no quieres venir a casa?

—No.

—¿Ni quieres que te preste dinero?

—Tampoco.

—Pues bien, eres un mamarracho y un idiota y un imbécil —exclamó indignada, cerrando de golpe la portezuela—. Después de todo, mira, peor para ti.

Él se encogió de hombros y echó de nuevo a andar por las calles mojadas.

XII

Las palabras de Isabelilla punzaban su corazón como alfileres agudísimos. Esa mujer no te quiere, no te hagas ilusiones, no te quiere; si te quisiera, no habría dejado que te marcharas. Este argumento brutal, frío y cortante más que el viento que le daba en la cara, enseñoreándose poco a poco de su cerebro, se había posesionado con tal fuerza de él, convenciéndole de tal modo, que todas las excusas y atenuantes le parecían ya ridículas y falsas.

No te hagas ilusiones, no te quiere; todo ha sido un juego. Se ha burlado de ti; no te quiere; si te quisiera, no te habría dejado marchar. El brutal argumento se revolvía dentro del cráneo retorciéndose, agrandándose, extendiéndose, aprisionando las demás ideas que en vano se esforzaban por defender a la hipócrita. No te quiere; todo es mentira; su amor mentira, su virtud mentira, su heroísmo mentira. Solo el orgullo triunfa en ella y la vanidad y el amor propio. Si te quisiera, te habría abierto los brazos y te hubiera dicho: Soy tuya, pobre y rico, soy tuya, con dinero y sin dinero, con tristeza y con alegría. No te quiere. Si te quisiera, te habría dicho: ¡Qué me importa a mí el mundo, si mi mundo eres tú! ¡Qué me importa la tranquilidad de mi conciencia, si pierdo al no verte la tranquilidad de mi alma...! No te quiere. Si te quisiera, su amor habría vencido por encima de todo; no habría razonado, que el amor que razona no es verdadero amor... No te quiere.