Ante esta idea, un sentimiento de profundo odio se apoderaba de él, y crispando los puños atravesaba rápido calles y más calles taconeando sobre los charcos que se quebraban con salpicaduras de lodo. Sin que pudiera explicárselo, se encontró delante de su casa, mejor dicho, de la casa de ella. Instintivamente alzó los ojos y miró los balcones. Estaban oscuros, cerrados, con las persianas a medio levantar. En el piso de encima brillaba vivamente la faja de luz de una rendija. Las nubes seguían corriendo veloces por el cielo negro, ante el lívido cadáver de la luna.

Durante un cuarto de hora permaneció en el portal de la casa de enfrente, mirando con grande atención aquellos balcones herméticamente cerrados, queriendo adivinar lo que tras ellos sucedía, esperando un movimiento, una luz, un indicio cualquiera que le sacara de sus incertidumbres. Su imaginación atravesaba las persianas, los cristales, las recias maderas, pisaba la alfombra, rozaba los muebles, y entrando en la alcoba, veía a María dormida en la cama, tranquila, indiferente, mientras él permanecía clavado en la acera, tiritando de frío.

Después, como observase que el farolillo del sereno avanzaba hacia él, huyó bruscamente, temeroso de ser reconocido. Y siguió de nuevo su excursión por las calles. Algunas hembras de vida alegre le sujetaban del brazo al pasar junto a ellas, tratando de retenerle en su camino; él, sin mirarlas, se sacudía brutalmente y seguía avanzando, siempre avanzando, por las calles húmedas. En un reloj de torre sonó una campanada, una media; ¿las dos y media? ¿las tres y media? ¿las cuatro y media? No sabía. Había perdido la noción del tiempo.

En la calle de la Montera un nuevo chaparrón le obligó a guarecerse en el vestíbulo, todavía abierto, del pequeño café del Brillante; pero pareciéndole que las camareras se burlaban de él, abandonó aquel refugio, y volviendo sobre sus pasos, siguió aceleradamente por la calle del Caballero de Gracia, sin importarle el agua que le azotaba el rostro con frialdad de nieve.

Asaltole la idea de que todo el mundo, los serenos, los cocheros, los guardias de orden público guarecidos en el hueco de las puertas, los escasos transeúntes que pasaban con sus paraguas en la mano, se fijaban en él, en sus pantalones llenos de lodo y en su sombrero chorreando agua, y dominado por esta preocupación, bajaba la cabeza y apretaba el paso para llegar cuanto antes al café de Fornos, donde había resuelto esperar el día. Después ya determinaría lo más conveniente.

Al tratar de abrir la trampilla de la puerta, un individuo que salía al mismo tiempo, le dio tan fuerte encontronazo, que estuvo a punto de derribarle.

—¡Bárbaro! ¿No ve usted donde pone los ojos?

—Eso digo yo, ¿dónde mira usted? Pero, calle..., ¡Gener!...

—¡Boncamí!

—¡Quién iba a pensar! ¿Dónde demonios va usted a estas horas?