—A tomar chocolate.

—Hombre, si no tardara usted mucho, le acompañaría.

—No sé... Quizá esté toda la noche.

—¡Cómo! ¿no va usted a casa?

—Hoy no tengo casa.

—¿Qué dice usted?

—Pues, eso... Que esta noche no tengo dónde dormir.

—Ah, vamos, ya comprendo. Es decir, no comprendo nada. Pero, por lo pronto, si no tiene usted casa, véngase a la mía. Mañana ya hablaremos.

Abrió el paraguas y cogió a Luis del brazo; pero viendo que aquel era insuficiente para dos personas y que la lluvia arreciaba, cambió de parecer y llamó a un simón.

—Tomaremos un coche, ¡qué demonio! Un día es un día. Por una vez, seamos generosos.