XIII
—Aquí ha estado Mínguez esperándole a usted.
—¡Pobre hombre! Me figuro a lo que habrá venido.
—A pedirle a usted dinero. No tenía para comer mañana. ¡Me ha causado una pena! Le he dado dos pesetas, las únicas que me quedaban.
Boncamí palideció.
—¡Cómo! ¿Se ha quedado usted sin dinero?
—¡Qué iba a hacer! ¿Iba a consentir que no comiera?
—Pero, desgraciado; usted ignora que los que no vamos a comer mañana somos nosotros.
—¿Qué dice usted?
—Pues, eso; que yo tampoco tengo una peseta. No le he dicho a usted nada estos días porque confiaba en que usted tenía recursos.