—Lo mismo creía yo.

—¡Pues nos hemos divertido!

Lo dijo con tono tan compungido, que Luis no pudo por menos de echarse a reír.

—Sí, ríase usted; la cosa es, ¡vive Dios!, para tomarla a risa. No tenemos un cuarto. Se nos echa encima la miseria. Por lo pronto, no sé mañana cómo ni dónde comeremos.

—Vamos, hombre, no se apure usted; no faltará un alma caritativa que nos preste dos duros.

—A usted sí, a mí no; he abusado de todos los amigos; me da vergüenza molestarlos más.

—A mí también, pero, ¡qué demonio!, no hay más remedio.

—Y aun así: con dos duros resolveremos el problema de mañana y el de pasado mañana; pero, ¿y el otro?: porque supongo que no tendrá usted la intención de vivir de sablazos —exclamó brutalmente, con su franqueza acostumbrada.

Luis bajó la cabeza; el argumento no tenía vuelta de hoja.

—Sí, en efecto; tiene usted razón; nuestra situación es bastante triste.