—Bueno, bueno, dejémonos de lamentaciones; por lo pronto, lo que urge es estudiar el modo de que salgamos de ella. Vamos a ver: ¿por qué no le pide usted dinero a su tía? Un préstamo, quince o veinte duros que le devolveremos en cuanto me paguen el retrato.
Luis no le dejó acabar.
—¡Imposible! Antes pido limosna que solicitar nada de ella.
—Pues entonces, hijo, no veo solución.
Ambos callaron. Los rayos de la luna, penetrando por la ventana abierta, iluminaban con blanco fulgor el lienzo abocetado. En la penumbra del estudio, los cigarros encendidos brillaban cual gusanos de luz.
—¿En qué piensa usted?
—Pienso en que si yo no hubiera sido Quijote, a estas horas podríamos tener dinero.
Y le contó su conversación con Isabelilla.
—Hombre, claro está que ha sido usted un tonto; pero, afortunadamente, eso tiene remedio. Vaya usted a verla esta noche.
—Oh, no; ya no puede ser; ha pasado la oportunidad. ¡Con qué cara voy a pedir hoy lo que he rechazado hace cuatro días!