y quién era el doncel que aquí se hallaba,
y a quién la escala, ¡vive Dios!, servía
y qué mano la echaba
y qué mano después la recogía.
Que ya que aquí moraba
la dama que el amor me destinaba,
era muy justo hacer lo que pensaba
y muy justo saber lo que quería.
Puse en fuga al follón que me estorbaba,
subí y entré, y en esta estancia había