LAFRIPE.—¡Claro...! Usted es su discípula predilecta. (Acercándose.) ¡Caramba! ¡No está mal del todo este dibujo...!
LORENZA (encantada).—¿De veras?
LAFRIPE.—En serio. Se nota todavía en él cierta inexperiencia, pero no carece de solidez... Además, es de «pintor». Tiene usted buenas cualidades... ¡Qué lástima...!
LORENZA.—¿Por qué «¡qué lástima...!»?
LAFRIPE.—Porque lo perderá todo. ¿Es usted robusta y violenta? Pues Joaquín la sumergirá en sus tonos rosados. ¿Dibuja usted con el pincel como los verdaderos, como los puros...? Pues él le hará «acusar» el contorno. ¿Ama usted su arte? Pues él la obligará a caer en el oficio: las «Lavanderas» almibaradas y las «Pastoras» de confitería. Y, para concluir, el retrato a la inglesa: la dama tocada con un amplio sombrero, al pie de un olmo y con flores en las manos... ¡Ah! ¡Buen pintamonas está el tal Joaquín...! ¡Cuántos talentos hizo abortar...! ¡Qué viejo tan miserable...! Usted... usted misma tiene entusiasmo e impetuosidad... El color fluye de sus dedos... Y ¿qué está usted buscando en esa caja...?
LORENZA.—Procuro aprender la técnica.
LAFRIPE.—¡Está buena la técnica de Joaquín...! Váyase usted a su casa; pinte tres manzanas en una compotera, o el carrete de su portera. Trabaje desde la mañana a la noche; dibuje y malgaste el color; pero hágalo, sobre todo, sin maestro. Entréguese usted en cuerpo y alma a su labor; reviente de exaltación, de duda, de despecho, y no pida consejos a nadie. Antes de nada huya de esta escuela como de la peste. Y de aquí a diez años tal vez sea usted una gran pintora.
LORENZA.—Seguiré sus indicaciones, caballero. Sin embargo, yo no puedo trabajar sola. ¿Podría usted darme lecciones...? Se las pagaría bien.
LAFRIPE (frío).—¡Muchas gracias...! ¡Soy un fracasado...! Retoco los lienzos del patrón, juego a la malilla y bebo bocks mientras describo los cuadros que no haré nunca. ¡Y me conformo con esto...! ¡Que usted lo pase bien, señorita...! (Se marcha, vehemente y sucio.)