JOAQUÍN.—Me siento atraído hacia usted por una simpatía de artista. Quiero revelárselo a usted misma. Venga a mi casa después de clase. ¡Charlaremos de todo esto...! (Levantándose.) ¡A los pies de ustedes, señoritas...!
Echa a andar, coge su sombrero y se retira, siempre digno y solemne. El trabajo prosigue. De súbito entra Lafripe, una especie de bohemio sin edad, hirsuto, canoso y con la ropa llena de manchas.
LAFRIPE.—¡Ustedes dispensen, señoritas! (Todas se vuelven.) ¿No ha venido todavía el maestro?
RAQUEL (secamente).—Acaba de marcharse, caballero.
LAFRIPE.—¡Maldita sea...! ¡Buena la he hecho! ¡Me va a echar una bronca...!
LORENZA.—¿Qué desea usted decirle? Voy a verlo dentro de un rato.
LAFRIPE.—Yo soy quien le pone sus esbozos en cuadrícula. ¡Hay que vivir...! Me había citado aquí; pero me he entretenido jugando a la malilla... ¡Hola, Cornu...!
LORENZA.—¡Si puedo servirle en algo...!
LAFRIPE.—¡Es usted muy atenta, señorita...! Acepto su ofrecimiento; le dirá usted que estuve a ver a una vieja parienta enferma y que me retrasé por eso. El no creerá una sola palabra; pero, por tratarse de usted, aparentará creerla...
LORENZA.—¿Piensa usted que tengo tanto crédito para con él...?