JOAQUÍN.—Yo estoy seguro de usted y le garantizo que será admitida. Tengo un asunto para usted: un lavadero con unas aldeanas, desnudas hasta la cintura, golpeando la ropa.

LORENZA (amargamente).—¡Qué novedad...!

JOAQUÍN.—Es un asunto eterno. Vendrá usted a hacer esto a mi casa. Mañana me traerá el esbozo. ¿Se lo figura usted así...? Carnes rosadas al aire libre; vestidos rosados; alrededor, matorrales rosados, y encima, la luz rosada del crepúsculo.

LORENZA.—Yo he visto lavanderas en Bretaña; eran viejas, sucias, feas y espléndidas; lavaban en pleno sol y estaban amarillas y terrosas. Componían un horrible poema de miseria y de espanto.

JOAQUÍN.—Señorita: es preciso que el pintor magnifique la Naturaleza y la haga agradable. ¡Esta es nuestra razón de ser...! (Mirándola.) ¡Está usted muy linda, señorita White...! ¡Me gustaría hacer su retrato...!

LORENZA.—¡Qué honor para mí, maestro...!

JOAQUÍN.—Querría dejar una imagen inmortal de usted... ¡Mire...! ¡La pintaría tal como está ahora... delante de su principiado lienzo...!

LORENZA (burlona).—¡Esto no se ha hecho nunca!

JOAQUÍN (ingenuo).—¿Verdad que no...? ¡Qué buena idea...! Dígaselo a su padre, y si tengo algunos días libres, siento que, inspirado por su radiante belleza, haré uno de mis más hermosos retratos. Y tampoco resultaría mal que los dos expusiéramos juntos nuestros cuadros... La crítica hablaría de ellos y yo alcanzaría en seguida una mención para usted.

LORENZA.—¡Me colma usted de favores...!