JOAQUÍN (mirando el estudio).—¡Delicioso! ¡Oh...! ¡Qué delicioso...! ¡Ha hecho usted progresos considerables...!

LORENZA (fría).—Pero no acuso bastante los contornos, ¿verdad?

JOAQUÍN (turbado).—¡En efecto...!

LORENZA.—¡Ni acuso bastante los músculos...! ¡Ay! ¡Conozco mis defectos...!

JOAQUÍN (recobrándose).—¡No! ¡Al revés! ¡Tiene usted tendencia a acusarlos...! ¡Esta no es pintura de mujer...! ¡Hay que atenuar un poco más...!

LORENZA (asombrada).—¡Ah! ¡Yo creía que había que abordar abiertamente el desnudo...!

JOAQUÍN.—Endulce usted su temperamento, porque de lo contrario caerá en el impresionismo.

LORENZA.—¿Es un crimen?

JOAQUÍN.—¡Por lo menos, es una torpeza...! Se lo advierto: tiene usted muy buenas condiciones... Hasta le permitiré que acuda este año a la Exposición del Salón.

LORENZA.—¿Cree usted, maestro, que estoy bastante segura de mí misma?