JOAQUÍN (satisfecho de su conquista).—¡Continúe, hija mía, continúe...! ¡Su estudio se presenta bien! (Pasa a la vecina, a Inés, que ha pintarrajeado una imagen informe, una composición para salvajes.) No se moleste, señorita... (Estudiando su lienzo.) ¡Delicioso! ¡Oh! ¡Deliciosísimo...! ¡Y muy personal...! ¡Sacrifica usted a los falsos dioses de la nueva escuela!
INÉS (convencida).—Resulta feo, ¿verdad?
JOAQUÍN (protestando).—¡Yo no he dicho eso...! ¡Está lleno de promesas...! Pero precise más el dibujo... ¡Acuse los contornos...! ¡Dé relieve a los músculos...! ¡Haga carne que sea sonrosada...! Aficiónese al color de rosa, que es el color de la alegría... Tiene usted un bonito griñón... Es de encaje, ¿verdad...?
INÉS (conmovida).—Sí, mi querido maestro.
JOAQUÍN.—¡Ah, los encajes...! ¡Qué poemas de paciencia y de reflexión...! Se piensa en las mujeres que gastaron años enteros en producir estas maravillas, ornato de la belleza de usted... ¡Le sienta estupendamente...!
INÉS.—¡Es usted demasiado bueno, maestro...!
JOAQUÍN (cogiendo un pincel).—¡Con su permiso...! Voy a disminuir este muslo... ¡Qué buenos muslos tiene este mozo...! ¡Ajajá...! Para darle carácter, dibuja usted el esternocleidomastoideo... ¡Qué soberbio músculo...! Trabaje, hija mía. ¡Va usted por buen camino...! (Se acerca a otra discípula, a Julieta.) ¡Delicioso...! ¡Oh! ¡Completamente delicioso...! Hace usted progresos... Pero no acusa bastante el contorno...! No caiga usted en la tentación de pintar el fondo con las raspaduras de la paleta... ¡Enternézcase sobre la carne...! ¡No ve usted bastante el tono rosado...! Etc., etc...
De esta manera, el maestro ha dado la vuelta al estudio rectificando los lienzos de todas las señoritas y repartiéndoles cumplidos, como se ofrecen bombones a los niños de las escuelas primarias. Todas están encantadas.
JOAQUÍN (llega al lado de Lorenza).—¡Señorita White...! ¡Mi discípula preferida...!
LORENZA (muy tranquila).—¡Maestro...! ¡Reciba usted mis saludos...!