Todas estas señoritas vuelan hacia sus caballetes: se han puesto las blusas y aparentan absorberse en su arte. Joaquín entra; es un hombre de cincuenta años, extremadamente chic y muy atildado. Tiene manos de prelado, rostro banal de artista mundano, hermosos ojos negros, nariz aguileña, bigotes finos y barba en punta, demasiado negra. Luce una severa levita con la gran roseta de comendador. El que la crítica ha llamado «El maestro de la rosa» afecta una gran nobleza de actitudes. Cuando habla, siéntese uno conquistado al instante. ¡Tan dulce y cantarina es su voz...! A la entrada del gran jefe todas las discípulas abandonan su tarea y permanecen de pie.
JOAQUÍN.—Dispénsenme ustedes, señoritas, que me haya retrasado; pero me han entretenido en el Elíseo, donde yo desayunaba con la delegación del Instituto.
RAQUEL.—Maestro: no me he acordado de decir a mis compañeras que recibía usted esta mañana, de manos del presidente, la corbata de comendador.
Viva emoción.
JOAQUÍN (modesto).—No concedamos a estos vagos honores sino la poca importancia que merecen. ¡Sólo el Arte debe ser objeto de nuestras ambiciones, señoritas...! ¡El es el que da una significación, un valor a la existencia...! ¡Trabajemos sin descanso, señoritas...! El trabajo nos proporciona alegrías puras, junto a las cuales la riqueza y las condecoraciones no son mas que fruslerías.
EL MODELO (entre dientes).—¡Farsante...!
JOAQUÍN.—¡Y ahora voy a ver sus estudios! (Todas tornan a su tarea. Joaquín principia por el lienzo de Raquel.) ¡Delicioso...! ¡Ah! ¡Delicioso...! ¡Todavía un poco compendioso, pero vigorosamente indicado...! ¡Acuse el contorno...! «El dibujo es la probidad del Arte», dijo Ingres... ¡Caramba...! ¡Usa usted un perfume exquisito...!
RAQUEL.—Es «Ola en el alma», de la Casa Liedon.
JOAQUÍN.—Adoro los perfumes, porque viven con vida propia; se identifican con las mujeres y traducen su secreto pensamiento. ¡Un perfume es una confesión!
RAQUEL (enrojeciendo).—¡Maestro...!