TERESA.—¡El maestro Joaquín, por ejemplo...!
RAQUEL.—¿Qué quieres decir con eso...?
TERESA.—¡Nada! ¡Oh! ¡Nada...! ¡Había corrido el rumor de tus esponsales con él...!
RAQUEL.—¡Es una calumnia infame...! El señor Pont-Dugard me ha cortejado, como lo ha hecho con todas... ¡Así lo exige su profesión...! Pero tú sabes de sobra que no está libre... Tiene un compromiso...
ÁGATA.—¡Bah! ¿Quién es...?
INÉS.—Una princesa italiana que fué raptada por él. ¡Lo sabe todo el mundo...! Se trata de una patricia muy bella que lo alimentó cuando él estaba en la miseria.
ÁGATA.—¡Ay! ¡Estás demoliendo a mi ídolo...!
INÉS.—¿Por qué...? Todos los grandes hombres fueron lanzados por mujeres... La princesa Lappioni se ha consagrado a la gloria de nuestro querido maestro; vive en un hotel inmediato al suyo, y hay en él una puerta de comunicación con una escalerilla secreta...
TERESA.—«La escalera de sus vicios.»
JULIETA (corriendo).—¡Hala..., hala...! ¡A trabajar...! ¡Acaba de llegar Joaquín...!