JUANA.—¡No! Tengo una modistilla que trabaja muy bien y que me copia los modelos de las Casas más importantes. Dentro de un rato iré a verla, para que me pruebe unas cosillas, y te llevaré conmigo. ¡Atiza...! ¿No está allí Luciana...?
RAQUEL.—No... ¡Ya no vendrá...! Está prometida, y su maridito no quiere que en lo sucesivo vea a ningún hombre desnudo.
SOFÍA.—¡Bah! Después de todo, no tenía ni pizca de talento. ¿Con quién se casa...?
RAQUEL.—Con un pintor llamado Gedeón Lourmail; un señor que expone en los Independientes mujeres azules y hombres verdes...
TODAS (indignadas).—¡Oh!
TERESA.—Por nada del mundo querría casarme con un artista. Busco un médico.
ELSA.—¡Ay! ¡Qué mal haces...! ¡Los médicos son muy pillastres...!
TERESA.—Tomaré mis precauciones; tengo una amiga que se casó con un gran ginecólogo. Le prohibe que ausculte a las clientes ni siquiera la piel, y asiste a todas las consultas escondida detrás de un tapiz que representa a Alejandro victorioso. Cada vez que su marido va más allá de lo conveniente, Alejandro se agita.
JUANA (dándose polvos).—¡Dios mío! ¡Qué estúpido ser celosa...! ¿Verdad, Raquel...?
RAQUEL.—Más estúpido todavía es casarse. ¡A menos que se presente una buena proporción...!