LA SIRVIENTA.—Las damas estas se acostaron muy tarde. De todas maneras, pasaré a ver... ¿Quiere esperar el señor en el salón?

La sirvienta introduce a Cirilo en una amplia estancia, parecida a un salón de médico; ni siquiera falta en ella la obligatoria mesa de incrustaciones. Moblaje estrafalario, comprado pieza por pieza en el Hotel de Ventas. Es de una impersonalidad burguesa, que no permite adivinar el estado civil de la señora Boel ni el género de comercio a que se dedica. Debe de ser una mujer de negocios, una dama picapleitos. Al cabo de un cuarto de hora aparece la señora Leonie Marchesse. Es una mujer alta, de hermosa presencia y de agradable fisonomía, con unos admirables ojos, de un encanto muy sugestivo; luce un vestido negro muy sencillo, pero muy elegante; alarga a Cirilo una mano bien cuidada.

LEONIE.—¡Dispense, mi querido ahijado, que le haya hecho esperar...! Estaba acabando de arreglarme... ¿Por qué no me anunció usted su llegada en la última carta...? ¡Habría ido a aguardarle a la estación...!

CIRILO.—Ha sido un viaje imprevisto. Vengo para preparar mi desmovilización.

LEONIE.—¡Oh! ¡Es una lástima...! ¡Le sentaba tan bien el uniforme...!

CIRILO.—¡Bastante lo llevé ya...!

LEONIE.—¿No quiere usted hacer carrera en el ejército...? ¡Me parece mal...! Un hombre joven y bien formado, como usted, tiene un hermoso porvenir en la carrera militar. ¡Pero siéntese usted...!

CIRILO.—¡Muchas gracias...! ¡Temería molestarla...!

LEONIE.—¡Oh! No tengo nada que hacer hasta las ocho. Si usted quiere, saldremos juntos a recorrer París.

CIRILO.—Prefiero permanecer al lado de mi querida madrina, que ha sido tan buena para mí y a la que yo deseaba tanto conocer. Sus cartas me sostuvieron durante las horas penosas. Tengo que felicitarla. ¡Escribe usted como madame Sevigné...!