DORA.—¡Oh! Todavía tengo que aprender muchas cosas. No sospechaba que la vida fuese tan complicada...

JULIA.—¡Tranquilícese! Tiene usted lo esencial, porque es usted bonita, joven y además nada tonta.

DORA.—¿Y en qué nota usted que no soy tonta?

JULIA.—En la gestión que ha hecho. ¡Pocas jóvenes hubieran sido capaces de ello, señora Stowe! No le guardo rencor por esto; al contrario, me parece muy bien. Sin embargo, ¡pudiera usted haber dado con una profesora de pirograbado menos indulgente que yo...!

DORA.—Le ruego que me perdone si mi visita le ha causado alguna pesadumbre.

JULIA.—Mi pesadumbre pasó hace ya mucho tiempo. Sin duda voy a empezar otra vez mi vida. ¡No hago otra cosa de veinte años a esta parte!

DORA.—Me dolería entretenerla más tiempo. (Levantándose.) ¡Toda lección merece su salario, señora! ¿La ofenderé suplicándole que acepte esta sortija, que no tiene valor alguno...? (Le ofrece una sortija que se ha quitado del dedo.)

JULIA (cogiendo la sortija).—¡Muchas gracias, señorita!

Acompaña a Dora y luego entra en el salón, donde la señora anciana acude a su encuentro.

LA SEÑORA.—¡Qué! ¿Tienes una nueva discípula?