DORA.—Desgraciadamente, es exacto; sin embargo, hay entre nosotras algunas que no están muy enteradas y que quieren aparentar que saben más de lo que saben realmente.

JULIA.—Pues aconseje a éstas que no se engrían con una ciencia de la que no conocen mas que los principios. El hombre que sea su marido, tendrá a gran felicidad enseñarles la práctica, si le parece bien. Además, será preciso animarle; lo que se cuida más en una comida son los entremeses y el postre. ¡Es importante no asombrarse ante las primeras sorpresas! Por el contrario, reprima usted las manifestaciones de su asombro y diga que todo tiene su razón de ser, hasta las familiaridades que al principio le parezcan excesivas. ¡Sobre todo, no se niegue usted a nada! No sea indiferente ni distraída; espere a comprender el porqué de las acciones que la desconcertaron; esta revelación no le será concedida sino al cabo de un tiempo vario; con paciencia y buena voluntad, apenas se hará esperar.

DORA.—Muchas amigas mías me han confesado que ellas no habían experimentado nunca esta revelación.

JULIA.—Porque sus amigas tendrán unos esposos imbéciles o torpes; lo cual viene a ser lo mismo. O bien porque ellas serán bastante tontas y se habrán asqueado de un juego en el que no ganaban desde el primer instante. «No hay atajo sin trabajo», ha dicho un fabulista.

DORA.—¡Confiese usted que todo esto resulta muy complicado!

JULIA.—Pasa lo que en todos los aprendizajes; pero crea usted que el aprendizaje es lo más delicioso que hay. Conviene entregarse a él sin procurar analizarse; toda distracción es nefasta en estos minutos. Procure especialmente no aparentar un entusiasmo que no sienta; esto no engaña a nadie y es más bien vejatorio para el copartícipe, que tiene medios de comprobar la sinceridad de los sentimientos y la exactitud de las expresiones de usted. Al principio, la ignorancia de usted será lo que le seducirá mejor; luego seguirá con alegría sus progresos; el minuto más precioso será aquel en que adivinará que usted toma interés en la partida, jugando fuerte y pagando fuerte y en buena moneda. En esta noche quedará él conquistado definitivamente y no pensará más en la querida, que le enseñó el arte de las caricias.

DORA.—¿Está usted muy segura de que no pensará más en ella?

JULIA.—Se lo juro; puede usted entregarse con toda confianza al dulce dueño, que la iniciará. Además, nunca le recomendaré bastante que dedique todos sus cuidados al «guardarropa». Una mujer enamorada debe estar siempre dispuesta a las conversaciones inesperadas; a partir de los treinta y cinco años, en cuanto un hombre tiene un... motivo de conversación, quiere aprovecharlo en seguida, ante el temor de que esta conversación decaiga; esté usted siempre engalanada y emperifollada; no provoque la charla, pero compóngaselas para favorecerla. Si parece que su marido no le hace mucho caso, no recurra a los celos; éstos son mal excitante, que dejan en pos de sí microbios de reproches y de discusiones. Tampoco sirve de nada una visible tristeza; la mujer triste pierde mucho de su encanto o impacienta a su marido. Cierto que excita a los otros; lo cual es una compensación...

DORA.—¡Una compensación para las coquetas...!

JULIA.—Una coqueta no está triste nunca. Otra recomendación: no se muestre jamás aburrida, porque correría usted el riesgo de aburrir. Sonría, ármese de buen humor y siempre llevará usted las de ganar. ¡Ea! ¿Se me olvida algo...?