ELOY (fingiendo torpemente una sorpresa).—¡Le confieso que estoy mal preparado para esta conversación!

EL JUEZ (burlón).—¿De qué piensa que se iba a tratar en ella?

ELOY.—Soy relator de la ley acerca del aumento de sueldo a los magistrados instructores y pensaba que usted deseaba interrogarme sobre este particular.

EL JUEZ (turbado).—¡No, señor diputado...! Desde luego, esta cuestión no me es indiferente. Pero yo le he llamado aquí para un asunto que le atañe de un modo más directo. Le acusan a usted de corruptor de una menor.

ELOY (dando un brinco).—¡Yo...! ¿Yo...? ¡Qué infamia...!

EL JUEZ.—Comprendo su emoción. ¡Sin embargo, hay una querella contra usted!

ELOY (sin darle importancia).—¡Tiene gracia!

EL JUEZ.—No lo dudo; pero, con arreglo a los informes de la Policía, usted fué sorprendido en un hotel de la calle de las Grandes Baldosas en compañía de una muchachita que no había cumplido los quince años; el padre y el hermano de la joven lograron del comisario un proceso verbal instruído a instancias suyas; la joven Elisa Machut declaró ante el oficial de Policía que había sido llevada a este hotel merced a pérfidos manejos, y que una vez encerrada con usted no había podido substraerse a sus galantes empeños.

ELOY (aniquilado).—Señor juez: ¡soy víctima de una abominable maquinación! ¡Han logrado dar un golpe de chantage político sin ejemplo en la historia del sufragio universal!

EL JUEZ.—¡No veo la relación que pueda tener esto con el sufragio universal!