ELOY.—¿Me juzga usted culpable?

EL JUEZ.—Yo le pregunto solamente si confiesa los hechos.

ELOY.—¡No puedo negarlos, puesto que me cogieron en flagrante delito! ¡Pero es preciso que sepa usted la verdad! ¡Aquí donde usted me ve, caballero, nunca he engañado a mi mujer...!

EL JUEZ (dubitativo).—¡Sin embargo...!

ELOY.—Quiero decir que nunca la había engañado hasta estos últimos tiempos. ¡Y algún mérito tenía el conservar esta constancia...! Soy diputado desde hace cinco años. ¡Excuso decirle las tentaciones que habré tenido que sufrir en los teatros subvencionados! Además, he redactado el informe de Bellas Artes. ¡Y he permanecido casto...! ¡Este hecho es único en los anales de Bellas Artes!

EL JUEZ.—¡En efecto!

ELOY.—Puede usted felicitarme tanto más cuanto que la señora Genvrain, sin que horripile, tampoco puede pasar por una belleza.

EL JUEZ (indulgente).—¡Y usted no tenía valor para engañarla! ¡Claro! Así, las señoritas subvencionadas no resultan ya tan atrayentes.

ELOY.—No tengo opinión sobre este asunto, porque nunca quise verlas de cerca.

EL JUEZ.—Estos escrúpulos le honran. ¡Pero después se ha desquitado usted...! ¡Las quería usted menores, picarón!